Mula
Hemos vivido nuestra impresionante, fascinante, desbordante vida al lado de Clint Eastwood. Uno que más que viejo se siente viejo, se sonroja al ver la vitalidad (puede que rancia) de algunos creadores. En ese trayecto temporal uno ha disfrutado y ha renegado, la dualidad eternizada en una sala de cine. Resulta curioso que a algunos directores se les alabe la asimilación de la tradición y a otros se les acuse negativamente de lo mismo. Esa medida justa de las cosas sobre fondo de paisaje americano: elegías discretas, lecciones sutiles, protección de un reducto propio, proyección del alma, la revelación nace del viaje, el resurgir personal va unido al abandono de la vida y todo con pátina de réquiem. Esa medida justa, que en Mula hace que la cachimba te caiga al suelo de la congoja. Un sollozo honesto de banalidad disfrazada de autenticidad, y válgame de dudar de la entereza, es sólo que tanta sencillez argumental deteriora cualquier cerebro, ya de por sí, senil. Eastwood entona un mea culpa desde el egocentrismo más vergonzante: la …





