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Petra

“Un cineasta tiene dos opciones y solo dos: o convertirse en un resistente o en un colaborador. Colaborador consiste en adoptar las ideas del poder dominante y la estética del poder dominante. Resistir pasa por enfrentarse al pensamiento dominante y crear una estética diferente”. Jaime Rosales (El Lápiz y la Cámara)

El año 2008, Jaime Rosales gana el Goya con La Soledad y una palabra resuena con fuerza: polivisión. Habla un cineasta con pasión y cita Ladrón de Bicicletas. En ese momento parecía un excelente momento para un anunciado -artículos y estudios así lo expresaron- despertar del cine español. Parecía que algo estaba cambiando: obras de Portabella, Guerín, Lacuesta, Recha, Serra se mezclaban con Rec, Caótica Ana, Concursante, Los Cronocrímenes o Mataharis, pero fue un espejismo y poco a poco el producto volvió a descompensarse, la fase REM se implantó de manera gradual, un falso equilibrio que se nos vendió como lógico. Diez años después, más guapos, más divididos, más enfrentados, más listos, pero sin discurso cinematográfico, seguimos sufriendo por encontrar obras que nos hagan despertar. Esta multivisión metaforizada y celebrada antaño, alucinada y visionaria, ha sido reducida a lo habitual: ese gota a gota de obras interesantes que una industria inexistente (subvenciones alea jacta est) intenta cortar, cerrando un grifo con el discurso de “lo que el público quiere” como argumento, que a cualquier cultura que se valorase le parecería simplista y peligroso.

Después de cuatro películas arriesgadas + un experimento light, Rosales parece haber cambiado su posicionamiento y construye un discurso que parece ser una justificación reiterada a una deriva que de manera sutil traiciona su obra. Petra es una muestra de ese nuevo discurso, una obra dual, industria y arte mezclándose en un proyecto ambicioso. Folletín con base de tragedia griega como estructura de un guion para plasmación fallida: la película nos revela una posible pérdida tanto autoral como real. Jaime Rosales elimina dos visiones de ver el arte (Jaume/Industria vs. Lucas/Conciencia social) para quedarse con la visión emotiva y vital (Petra), una elección que conlleva pérdidas, aprendizaje y conclusiones. El espectador, como el mismo director defiende, tiene que completar la obra. Nosotros, ayudados por la hipnotizante cámara flotante (“mirada de ángel”) y por la interpretación de Bárbara Lennie, aún creemos que esos caminos pueden recuperar el sendero del arte, de la estética.

El camino escogido por Jaime Rosales a la hora de continuar su filmografía es respetable de todas, todas, pero, ¿no estamos corriendo el riesgo de perder una voz artística importante y transgresora? ¿No es Petra el primer paso hacia la desaparición de un autor? ¿No es la utilización del 35mm una manera de tranquilizar su conciencia artística? Petra no puede aguantar una comparación a nivel de trascendencia con Sueño y Silencio, la majestuosa radicalidad de esta obra destroza cualquier paralelismo posible,  ese atisbo industrial, no puede más que arrodillarse ante una obra de arte fronteriza. Petra puede ser errática, pero Rosales aún parece no haber olvidado el camino que conduce a las fronteras. Esos márgenes que filmaba Angelopoulos, miradas neblinosas, fascinantes, esclarecedoras de una Europa que deseaba entender a través del cine como herramienta. Posicionamientos necesarios e imprescindibles para crear una radicalidad que aspire a responder las preguntas de siempre.  La cultura es una batalla y parece que cada vez que un artista con su discurso acude a la palabra “industria” se pierde un miembro para esa lucha y éste pasa, película a película, a ser colaborador del poder dominante. Esperemos que Jaime Rosales recuerde los rastros para volver al lado de los diferentes.

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