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Rojo

En una escena del film, Paula, la hija del protagonista, le pregunta a su profesora de arte dramático: “qué es intención?”. La profesora le pide que se le acerque, cada vez más, hasta generar en la alumna una especie de tensión extraña, vibrante, y vemos en el rostro de la chica una expresión automática de entender.

El dilatado arranque de Rojo es toda una declaración de intenciones. Nos ubica: Argentina, 1975 (el año previo a la llegada de la dictadura), pero eso son sólo coordenadas. Será a través de su apuesta formal, nada discreta, cuando realmente nos situará en un espacio y un tiempo ajenos, pero insólitamente nuestros. Con un tono y una trama entre el thriller y el noir, todas las posibilidades del lenguaje cinematográfico (en especial: tipos de plano, fotografía, puesta en escena, música) adquieren carácter propio, transformándose en un anzuelo ideal para trazar la crónica social de la que Benjamín Naishtat quiere hablarnos.

Rojo es una película desigual, pero su coherencia es irreprochable. Darío Grandinetti es Claudio, un señor respetable, abogado, al que se le plantea una situación extraña e incómoda que despachará, hasta cierto punto, con dosis de lucidez y arrogancia. La situación se complica y su conducta, hasta entonces la de un tipo normal, nos confunde. ¿Por qué no explicar lo ocurrido en vez de enterrarlo? Ante el miedo, parece que la respuesta que tenemos más a mano es el silencio. Y es así como el desierto se convierte en ese lugar donde enterrar a los muertos y, ya de paso, toda nuestra mierda.

Vivimos rodeados de desiertos (en épocas convulsas en esos desiertos desaparecen los rebeldes) y hemos perdido la noción de cuáles son los límites de nuestros actos. Ante las disyuntivas que se van presentado, Claudio casi siempre opta por la más cobarde, y aunque con dudas, incluso con culpa, sigue adelante por temor a desestabilizar su cómoda vida. Con una arriesgada gestión del tiempo narrativo para condensar múltiples subtramas (a costa de perderse un poco en ellas), Rojo deviene un film apreciable, tan exótico en su contemporaneidad que acertamos a comprender por qué el Jurado del útimo festival de San Sebastián quiso celebrarlo.

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