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Érase una vez en Hollywood

Aunque no pueda encontrar ahora la cita (o igual la he soñado), creo recordar a Tarantino diciendo algo así como que si tu película preferida de su filmografía es Jackie Brown es que no entiendes mucho su cine… Igual tengo un punto débil con las películas menos celebradas de los directores, pero más allá del espectáculo que previamente nos había brindado con Pulp Fiction, en Jackie Brown se desnudaba de artificio (dejando la violencia en fuera de campo, por ejemplo) para ceder el corazón de la película a la emotiva historia entre los personajes de Pam Grier y Robert Foster. Aunque por diferentes razones, será Malditos Bastardos con la que Érase una vez en Hollywood será más comparada, veo en la historia entre Ricky Dalton (Leonardo DiCaprio, como un actor famoso por una serie de televisión que no ha acabado de encontrar su lugar en el cine), y su amigo, asistente, y doble de acción Cliff Booth (Brad Pitt), una que me recuerda varios temas de Jackie Brown : la historia afectiva entre los protagonistas, las segundas oportunidades… y la de los personajes que no hacen lo que se espera de ellos.

Dentro de un desfile interminable de cameos, la película es todo un ejercicio de nostalgia en la que se mitifica el pasado de finales de los ’60 hasta convertirlo en pura fantasía, a la que obedece más ese “érase una vez” del título que a Sergio Leone: ese Los Ángeles de autocines llenos hasta la bandera, marquesinas de carteles de películas gigantes y la radio (anuncios incluidos) en descapotables atravesando la ciudad a toda velocidad. Ese en el que el cambio de paradigma cinematográfico estaba ya sucediendo a ojos de Dalton, que odia a los hippies (esos malditos  Dennis Hopper”), y que considera a los spaguetti western de segunda categoría; o a la misma televisión, en esas series que sin embargo nadie se pierde, e incluso dictan rutinas horarias.

Así, tal como hiciera en 1997, Tarantino se descuelga haciendo algo que no esperamos de él, ejemplificado en dos escenas clave de la película. Una es la secuencia de la visita al rancho por parte de Cliff Booth, cuyo montaje y música presagian un modo de terminar diferente, pero que acaba por definir el alma de la película. La otra es una de las mejores de su filmografía, pero curiosamente de las menos definitorias del estilo de su director. Algunas de sus constantes más famosas se desvanecen en una sala de cine en la que Sharon Tate (Margot Robbie) es testigo del disfrute de su presencia en pantalla por el público asistente a La mansión de los siete placeres, recuperando conmovedoramente la narrativa que debía haber sido para una actriz hoy recordada, desgraciadamente, por otros motivos.

Hermoso homenaje en una película llena de ellos, especialmente a la profesión de los protagonistas, los intérpretes y sus dobles de riesgo, héroes en la sombra (y con sombras algo innecesarias en la película, a decir verdad) que ceden la gloria final a la estrella, sin pedir mucho a cambio.

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